El tiempo, gran
escultor
Fragmento de XIII -Andalucía o las Hespérides
... Algunos países mueren jóvenes, o bien su desarrollo se detiene
cuando aún son jóvenes: todo lo que sigue a su breve período de vigor
pertenece al campo de la supervivencia o de la resurrección. España
jamás llegó a recuperarse de los dolores que sus aventuras imperiales
le proporcionaron, ni del oro fácil del Nuevo Mundo, ni tampoco de la
sangría que ella misma se infligió al expulsar de sus venas hasta las
últimas gotas de sangre judía o mora. Andalucía, sobre todo, sufrió
mucho con esa especie de auto de fe perpetrado en honor del idealismo
castellano de la raza. La leyenda y la ideología españolas propiamente
dichas son castellanas: Andalucía se funde en ese ardiente concierto de
la España cristiana y únicamente le añade unas cuantas y conmovedoras
variaciones místicas o carnales. En casi todas, el tema es una
búsqueda: esas figuras de historia y de leyenda se definen mediante esa
palabra poderosa quiero, que significa a la vez amar y buscar.
Juana la Loca sigue por los caminos a un ataúd, incubando a su muerto;
Juan de la Cruz, asomado a la ventana frente al sublime espectáculo de
Sierra Nevada y de la Vega de Granada, aparta de su espíritu esas
formas visibles a medias a la luz de las estrellas para buscar a Dios en
la noche; Miguel de Mañara va de mujer en mujer por las calles del
barrio de Santa Cruz, antes de acabar su vida con un hábito de servidor
de los pobres, olvidando, sin duda, la triste voz de Elvira; más cerca
de nosotros la insaciable Belisa y la implacable Bernarda. Bellas
imágenes, hechos más o menos aislados en la experiencia de la raza,
que nos muestran, sobre todo, lo que un pueblo creyó encontrar en sí
de esencial. Tierra de poetas, que ayer todavía bañaba con su sangre
García Lorca. Tierra de poetas, sobre todo por haber sido perpetuamente
amada y recreada desde la distancia, en los suspiros de los poetas
árabes que lloraban su Granada perdida, y también en la obra de los
poetas occidentales de más allá de los montes y de ultramar...
...Y
empezamos a comprender lo que nos conmueve de ese país, y que a veces nos
sobrecoge: el contacto directo con la realidad, el peso bruto del objeto,
la emoción o la sensación fuerte y simple, antigua y siempre nueva, dura
y dulce como la cáscara o como la pulpa de un fruto...
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