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Mujer
con violonchelo
Desde el cuarto contiguo,
madera y metal vibran,
como vibra al unísono su carne.
Sin desnudarse, de todo lo superfluo
se despoja. Armonía
que la hace a quien la crea
una entre todas las cosas
y convierte al resto en un espejo
que con distorsión
la refleja. Ahora
es un final de exilio
sobre cuerdas que regresan
al día anterior a las cenizas;
al oír puedo decir yo soy
en lugar de yo fui
y encontrar presencia
donde reinaba la privación, la falta.
A
María de la Vega
Lo sé: del pájaro no sobrevive ni el ala.
A la puerta, el mendigo siempre;
lejos, un navío en llamas, con su nombre.
¿Qué entregué, qué hice mío,
es mía o ajena esta voluntad
de exilio entre raíces que salen a la tierra
y bocas abiertas al filo del mediodía?
Y está la soga: todo equilibrio es precario
-¿quién lo dijo?-;
abajo, el animal que crío desde siempre
mastica su hueso a ratos perdidos.
De la casa queda esta intemperie.
Del sueño, esta corriente veloz
que arrastra pasajes y promesas.
Pero no caigo todavía.
Lo sé: aquello que me hiere también me nutre.
Y el día, todavía, permanece abierto y no concluye.
Sin
título
Permanece frío ante el cielo
que se curva hacia abajo,
el fatuo embeleso de la bestia
por su propio reflejo en el agua,
el cincel que se oxida, el cerrojo
que traba la única puerta hacia el día,
la soga, que espera, la sombra,
que no espera. Frío
ante lo carbonizado y lo incierto,
lo medido y lo sepultado,
la memoria, el anhelo, la acritud,
el cieno. Languidece,
en silencio, inmóvil,
apoyado contra un muro.
Si un perro viniese
y la lamiera la mano, ¿andaría?
Si un viento soplara
y le trajese, entre pólenes y semillas,
el eco de una voz amada,
¿despertaría?
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