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Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje en su pecho sedoso: una mujer rojiza incrustada, como en un prado, entre el pelo, Allí debajo brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer. Transcurría el día entre blasfemias y silencios. Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva y aferrada a su pecho peludo, ese hombre bramaría aún fuerte en su pequeña celda. Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos. Un profundo hálito de mar ascendía de su cuerpo de huesos grandes y recios; estaba tendido al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho como quien ha despertado y podría saltar de él. Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba un sudor solar. La pequeña celda era insuficiente para el alcance de una mirada suya. Al verle las manos, se pensaba en la mujer. --------------------------------------------------------------------------------------------
Una mujer ha levantado su corazón y empavesa la ciudad de insomnio.
Están sus hombros cargados de aves que el común de los mortales desconoce.
El tiempo que vive le anuncia que hay hombres fuera de peligro, que en los tejados ululan las proclamas y que es definitivo el verdor de las naves de paz que brinda.
Una mujer que ha teñido de olores los cuartos aminora la marcha de los días y habla con la voz de los certeros y dadivosos augurios que la escoltan. -------------------------------------------------------------------------------------------- Sobre la tierra ahogada de dolor y soledades el ave encantada despliega sus reales plumas; la contempla la desdicha, el desamparo, el extranjero de cada espacio, los extraviados y el navegante derrotado miran con asombro los arcos de colores que le cabalgan la cabeza. Todo se pregunta -sobre la tierra ahogada de dolor y soledades- ¿qué conmemora el ave encantada, qué celebra?
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