Homenaje a Anäis Nin

 

Anäis Nin nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903,  murió el 14 de enero  de 1977 en Los Ángeles.


Los Diarios de Anaïs Nin, 1934-39.

Fragmento

 

Un viaje a Marruecos. Corto pero intenso. Me enamoré de Fez. Paz, Dignidad. Humildad. Dejo el balcón donde estaba escuchando la oración del anochecer que sube desde la ciudad blanca. Una emoción religiosa que se despierta por la vida de los árabes, por su simplicidad, su belleza fundamental. Pisar el laberinto de sus calles, calles como intestinos, apenas dos yardas de ancho, hasta dentro del abismo de sus ojos oscuros, hasta dentro de la paz. Es el ritmo que afecta primero. Lento. Mucha gente por las calles. Los codos se rozan. Ellos se respiran en la cara pero con un silencio, una profundidad, un ensueño. Sólo los niños gritan, ríen y corren. Los árabes son silenciosos. El pequeño cuarto cuadrado abierto a la calle donde se sientan en el piso, en el lodo, con su mercancía alrededor. Están tejiendo, están cosiendo, horneando pan, cincelando joyas, arreglando cuchillos, fabricando pistolas para los beréberes en las montañas. Están tiñendo lana en amplios calderones, grandes calderones llenos de tinte verde esmeralda, violeta, azul oriente. Están haciendo alfarería de tierra de Siena, tejiendo tapetes, afeitando, lavan cabellos y escriben documentos ahí mismo, debajo de mis ojos. Un árabe está dormido sobre su bolsa de azafrán. Otro reza con cuentas y vende hierbas al mismo tiempo. Más lejos, un gran estruendo, la calle donde se trabaja el cobre. Los niños están martilleando charolas de cobre con pequeños martillos, martilleando un diseño, martilleando lámparas de cobre, lámparas de Aladino. Son los niños y los viejos quienes hacen el trabajo. Mantienen la bandeja entre sus piernas. Los hombres más jóvenes pasan por la calle con sus túnicas, camino a quien sabe dónde, algunos tan bellos que se piensa que son mujeres. Las mujeres llevan velo. Ellos probablemente van a la mezquita. A cierta hora, todos los negocios, todos los trabajos cesan y todo el mundo se dirige a la mezquita. Pero primero se lavan la cara en la fuente, los pies, los ojos irritados, la nariz leprosa, la piel picada de viruela. Se quitan las babuchas. Algunos de los viejos, hombres y mujeres, nunca se van de la mezquita. Ahí se quedan para siempre hasta que la muerte se los lleve...

 
...Nos esperaba una vieja, totalmente arrugada y con un solo ojo. Sus senos eran dos calabazas vacías que colgaban hasta la mitad de abdomen. Llevaba una arpillera alrededor de la cintura. Me dio un golpecito de aprobación en el hombro y sonrió. Señaló mis uñas y dijo algo que no entendí. Sonreí.

Abrió la puerta del vapor, otro cuarto cuadrado, amplio, todo de piedra gris. Pero allí no había bancas. Todas las mujeres estaban sentadas en el suelo. La vieja llenó varias cubetas de agua en una de las fuentes y a veces vertía una sobre las que se habían enjabonado. El cuarto se llenó de vapor. Las mujeres se sentaron en el piso, tomaron a sus hijos entre sus rodillas y los tallaron. Luego la vieja echó una cubeta de agua sobre ellos. Esa agua corría por todos lados a nuestro alrededor, y era sucia. Estábamos sentadas sobre arroyos de agua sucia, jabonosa. Las mujeres no tenían prisa. Usaron el jabón, luego un pedazo de piedra pómez, y luego utilizaron cera depilatoria con mucho cuidado y concentración. Todas eran enormes. La carne se ondulaba, se doblaba, se plegaba en unas tremendas y pesadas olas. Parecían sentadas en almohadas de carne de todos los colores, desde la pálida piel de los árabes del norte hasta la piel africana...